Biblioteca Popular José A. Guisasola

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EL VECINO “CASCARRABIAS” DE SANTO LUGARES, AUTOR DE “SOBRE HÉROES Y TUMBAS”, NOVELA FUNDAMENTAL DEL SIGLO XX, MURIÓ A LOS 99 AÑOS
Por Silvina Friera (Página 12) Sábado, 30 de abril de 2011


Su voz era un como un “río negro” con ese timbre cavernoso de orador sagrado. El acento pesimista de Ernesto Sabato coronaba a esa otra voz, la del monstruoso mundo de sus tinieblas, como decía en sus páginas, que surgía en sus novelas, especialmente en Sobre héroes y tumbas. Autor entrañable para miles de lectores, sin más patria o nacionalidad que el hachazo y la conmoción que significa transitar por los universos y laberintos de El túnel o Abaddón el exterminador, su muerte, hoy a la madrugada en su casa de Santos Lugares, a los 99 años, cuando parecía que festejaría su centenario de vida, no lo exime del “juicio de la historia”. El dolor por la pérdida de un escritor fundamental del siglo XX de la literatura argentina no puede deslizar bajo la alfombra de la sociedad argentina heridas muy hondas que aún no han cicatrizado. El respeto y la admiración no debería traducirse automáticamente en indulgencia a las convicciones políticas de un intelectual ambivalente y paradójico, una especie de predicador atormentado que encarnaba la voz y los sentimientos de “todos”, una mascarada tan convincente que escapó a su control.

El “maestro”, el “genio”, el “quijote lúgubre” de nuestras pampas y cuantos calificativos se desprendan y multipliquen por las bocas apesadumbradas o las páginas que se están escribiendo en este mismo instante, fue una figura compleja, polémica, contradictoria. Almorzó con el dictador Jorge Rafael Videla, encabezó la Conadep, la comisión encargada de recoger los testimonios de los familiares de desaparecidos durante la dictadura militar y prologó el Nunca más, donde formula la “teoría de los dos demonios” y equipara el terrorismo de la guerrilla con el terrorismo de Estado. En esta trama enrevesada reside el desafío que genera el escritor; hay que “penetrar en las grietas para que pueda volver a filtrarse el torrente de la vida”, una frase de Jünger que Sabato recuerda en España en los diarios de mi vejez (Seix Barral), su último libro publicado en 2004. El escritor que nació en Rojas en 1911, que siempre fue un hombre de pueblo, que se instaló en Santo Lugares cuando casi literalmente no había nada, cuando todo era horizonte en construcción, escribió en ese último libro que “cuando nos hagamos responsables del dolor del otro, nuestro compromiso nos dará un sentido que nos colocará por encima de la fatalidad de la historia”. Se refería al lugar decisivo de la solidaridad en un “mundo acéfalo” que excluye a los diferentes. Lo avergonzaba -afirmaba- que existan doscientos cincuenta millones de niños explotados. Pero se puede atisbar en las entrañas de esta frase algo más que la mera coyuntura a la que aludía. Quizá su deseo –inconfesable- era sortear esas “fatalidades” y peripecias interminables que padeció; buscar afanosamente un hilo de Ariadna que pudiera hacer comprensible su propio desconcierto íntimo.

Sabato es un ícono de la cultura argentina con todo lo positivo y negativo que trasunta ocupar esa posición en el imaginario de una sociedad. Supo articular, declaración tras declaración, páginas tras página, la estela del escritor torturado y sufriente que luchaba contra las tinieblas y fantasmas. Su conciencia parecía que nunca lo dejaba en paz. A menudo repetía que “quemaba lo que había escrito a la mañana”. Comenzó a garabatear su novela más emblemática, Sobre héroes y tumbas (SHT) en 1936. La primera publicación fue en 1961, pero en el ínterin, como se recuerda en la edición crítica publicada en la colección Archivos por la editorial Alción(2008), coordinada por María Rosa Lojo, hubo avances y retrocesos y quemas periódicas de manuscritos descartados. Nunca dejó de corregir y depurar ese texto capital hasta la edición definitiva de 1991. Novela total, SHT “entreteje múltiples voces e historias con la Historia, expande en direcciones contrapuestas los ámbitos geográficos, abre, desde la ciudad cotidiana, una grieta en la percepción, una ventana oscura hacia el otro lado de lo que creemos real”, subraya Lojo en el estudio liminar.

“A veces la literatura se inviste con los poderes del sueño, ilumina territorios imaginados y perdidos –plantea Lojo-. Sobre héroes y tumbas, gótico surrealista y argentino, galería de fantasmas familiares, geología fantástica, perverso libro de viajes fabulosos en el corazón de lo cotidiano, nos ofrece la ilusión de recobrar un tesoro siniestro. De asomarnos a la forma oculta del mundo, y de atisbar en ella, como en un diseño abismal de cajas chinas, todos los otros mundos que están en éste”. Sabato es un tesoro problemático y muy incómodo: genera amores y rechazos tan intensos como imposibles de conciliar. Su literatura y parte de sus ensayos –El escritor y sus fantasmas, Hombres y engranajes o Uno y el Universo- preservan un encanto difícil de negar, aun en aquellos que refieren a esas primeras lecturas como un “hechizo” o “pecado” de juventud. Pero escindir su impronta entre una “verdad nocturna” (sus ficciones) y una “verdad diurna” (sus intervenciones públicas), como él mismo proclamaba, simplifica el problema de su laberinto existencial y político. ¿Se puede parcelar a Sabato en esferas puras, incontaminadas entre sí? Difícil, aunque a menudo se haga, acaso para dejar al margen, como una “equivocación menor”, el almuerzo con Videla y su “teoría de los demonios”.

Murió Sabato en su patria adoptiva de Santo Lugares. Hace un puñado de años que estaba recluido, como desterrado en su propio terruño. En silencio, escuchando música. Una de sus últimas apariciones fue en noviembre de 2004, en Rosario, cuando en el marco del III Congreso Internacional de la lengua Española asistió a un homenaje en el que participó José Saramago, Víctor García de la Concha, ex director de la Real Academia Española de la lengua, y la entonces senadora Cristina Fernández. Más de 1600 personas lo ovacionaron de pie al Premio Cervantes 1984. Sabato lloraba, se sacaba los anteojos, se limpiaba las lágrimas y saludaba. Se despedía. Lo sabía él y todos los que fueron testigos de ese momento de extrema emoción.

Debilitado por tanto cariño, moviendo su mano para saludar a todos, se esforzaba por comprender por qué él, que escribió en Abaddón… que el “universo es horrible, o trágicamente transitorio e imperfecto”, logró, en el tumulto de sus ficciones, construir una obra que tendría como destino la revelación de un territorio fantástico: la conciencia del hombre.

Entre las citas que le gustaba evocar, solía recordar una de Nietzsche: “Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundiéndose en el ocaso. Pues ellos son los que pasan al otro lado”. En el club de su barrio, Defensores de Santos Lugares, los vecinos y lectores comienzan a despedirse del autor de El Túnel. Su hijo Mario reveló en una carta el gesto póstumo de su padre: “Cuando me muera, quiero que me velen acá, para que la gente del barrio pueda acompañarme en este viaje final. Y quiero que me recuerden como un vecino, a veces cascarrabias, pero en el fondo un buen tipo. Es a todo lo que aspiro”.



Sabato observando una de sus fotografías
©Eduardo Longoni Fotografía - Buenos Aires - Argentina

Fuentes consultadas:
http://www.pagina12.com.ar/diario/ultimas/20-167346-2011-04-30.html
http://www.elortiba.org/old/notapas1188.html
https://www.eduardolongoni.com.ar/galeria.php?pag=6514




Por Jorge Román Lagunas.
En Gaceta Literaria de La Nación, Santiago de Chile. Domingo 30 de junio de 1968.


Ernesto Sabato, comparte con Julio Cortázar el cetro de la novela argentina actual. La traducción francesa de su última obra -Sobre héroes y tumbas- ha obtenido una máxima atención en Europa: al fin -afirman los europeos- América Latina nos da la gran novela barroca que esperábamos; es soberbia y angustiosa, supera a "El tambor de hojalata" de Guenther Grass. Sólo ha publicado dos novelas: El túnel, en 1948, y Sobre héroes... en 1962. La última ha superado los cien mil ejemplares de tiraje. Otras obras -de ensayo- han sido: Uno y el universo (1945), Hombres y Engranajes (1951), Heterodoxia (1953), El escritor y sus fantasmas (1963). Nuestro colaborador don Jorge Román Lagunas visitó a Sabato en Buenos Aires y nos ha entregado esta entrevista exclusiva.

Hacia 1975, algún tiempo después de la publicación de Abaddón el exterminador, una mañana de otoño, me acerqué a la casa de Ernesto Sabato para hacerle una entrevista para el diario Clarín. En ese ambiente casi rural del pueblo de Santos Lugares, donde el escritor vivía acompañado por Matilde, su esposa, se desarrolló el diálogo. Nervioso, vital, en algún momento hosco, a la vez que afable y tierno, Sabato respondió todas las preguntas sin oponer límites.

1) Usted ha declarado lo siguiente: "Yo escribo para no morirme de tristeza en este país desdichado", ¿Por qué "desdichado"?
La Argentina es un país de inmigrantes y probablemente el fenómeno sociológico y espiritual de Buenos Aires, que pasó en medio siglo de 200 mil habitantes a 8 millones es único en el mundo. El crecimiento violento y tumultuoso de esta urbe, la llegada de centenares de miles de seres esperanzados y su casi siempre inevitable frustración, la nostalgia de la patria lejana, el resentimiento de los nativos contra los invasores, la sensación de fragilidad y de transitoriedad, la sustitución reiterada de jerarquías, todo ha provocado esta mentalidad problemática y angustiada del argentino. Si el hombre es transitorio en Roma o en Cuzco, aquí lo es por partida doble, ya que tenemos la sensación de vivir en medio de un campamento, sin ese respaldo de eternidad que allá es la tradición milenaria. Esta problemática se ve hasta en el tango, ese suburbio de la literatura. Me refiero, claro está, a los tangos "filosóficos", del género de "Cambalache".

2) ¿Qué tiene en común y qué no la problemática argentina con la de los otros países latinoamericanos?
En parte ya mi primera respuesta responde a esta segunda que usted me hace. Pero quizá pueda agregar algo, todavía. El mundo entero está conmovido por una crisis total de sus valores, no sólo económicos, sino políticos y espirituales. Como integrantes de la civilización que sufre ese cataclismo tenemos un primer motivo de angustia. Como pertenecientes a una de las líneas de fractura espacial de esa misma civilización (ya que no somos ni Europa propiamente dicha, a causa de la inmigración masiva) tenemos un segundo motivo que es específicamente nuestro. Estamos en el fin de una civilización y en uno de sus confines. Sometidos a una doble quiebra en el tiempo y en el espacio, parecemos destinados a una terrible experiencia. Un habitante de París tienen un único motivo. También un habitante del Cuzco. En esta región de fractura estamos doblemente problematizados.

3) ¿Cómo ve usted el futuro de nuestros países, y en particular el de la Argentina?
Si nos confederamos, podemos llegar a ser una potencia mundial decisiva, con una lengua y una literatura y una ciencia que puede marcar rumbos en un mundo convulsionado. Si nos separamos por nuestros resentimientos y, nuestros odios provinciales, nos podremos contar en esta formidable catástrofe universal. En lo que a mi país en particular se refiere, hemos empezado a ser maduros y a tener conciencia de que a pesar de ser una zona de fractura, como dije antes, pertenecemos por nuestra historia, nuestro territorio y nuestros problemas básicos, al continente latinoamericano. Hemos terminado por advertir a nuestros hermanos más pobres de América, y, con todos los defectos que nos caracterizan, pueden estar ustedes seguros de que las nuevas generaciones consideran con comprensión y amor el destino de los pueblos fraternos. Tenemos muchas fallas de que avergonzarnos y es un rasgo de maduración el que de verdad nos avergüencen, al menos en sus espíritus más altos, que son los que siempre marcan rumbos.

4) ¿Es Argentina un país que lucha con su existencia para lograr su esencia?
Sí, por lo que dije en mis dos primeras respuestas.

5) ¿Debe el escritor comprometerse políticamente? En particular en nuestra América, ¿debe su obra reflejar el drama de nuestros pueblos?
Un intelectual lúcido y generoso no puede sino propugnar la liberación y la unificación de América Latina. La justicia social y la elevación de los pueblos miserables constituyen un imperativo que ningún escritor puede soslayar bajo pena de convertirse en un literato apócrifo. Pero debemos ponernos en guardia contra el disparate del "arte social", principio en virtud del cual es más grande escritor Howard Fast que William Faulkner. Una novela se escribe con todo el cuerpo, con la sangre, con la piel, con la cabeza. Con la conciencia, pero también con los dictados de ese universo oscuro que está debajo de los niveles de conciencia. Por eso expresa la realidad total del hombre y su circunstancia: realidad desgarrada y ambigua. Y por eso, si es auténtica, constituye el más cabal testimonio de la condición humana. A un novelista, pues, no se le debe solicitar (como tantas veces hacen los beatos del catolicismo y del comunismo) que haga propaganda en favor de la Iglesia o de los Soviets, que demuestre tal o cual tesis, que sirva para edificar el alma o para construir el socialismo. Una genuina novela no sirve para esos menesteres. Para eso hay mejores instrumentos: el panfleto, la conferencia de ateneo, el discurso de barricada, el libro de política o sociología, el sermón o el afiche. No la novela. Y aunque esa novela sea áspera y aparentemente negativa es en todo caso el testimonio de su época y sirve para sacudir las conciencias, para despertarlas y enfrentarlas con los grandes dilemas de la condición humana.

6) Su punto de vista -existencial- ¿en qué se acerca y en qué se aleja del de Jean Paul Sartre?
Sartre siente al Otro como a un enemigo, cuya mirada lo petrifica y convierte en objeto o en esclavo. La convivencia es así un infierno. Pascal decía que somos galeotes encadenados a la misma galera, a la espera de la muerte. Si a esta idea se le quita la esperanza en Dios, lo que resta se parece bastante al pensamiento Sartriano. Es probable que el sentimiento de culpa que en el hombre Sartre produce esta creencia lo lleve (ya que por otra parte tiene el sentido del deber, quizás inculcado por sus abuelos protestantes) a propiciar el cooperativismo entre los hombres, a repudiar en sus opiniones políticas o que surge de su doctrina filosófica. Yo creo que la coexistencia de los hombres no es obligadamente un infierno, y que la comunión no es imposible. El amor, el arte, el trabajo en común son puentes positivos entre las conciencias. En la cuarta parte de Héroes y Tumbas intenté (no sé si lo he logrado) lo que podría llamarse "una metafísica de la esperanza", que impide el suicidio del muchacho. Si como dicen los existencialistas, la angustia es la prueba de la Nada, la esperanza sería a mi juicio, la prueba de "Algo". Y ya que la esperanza es invencible en la raza humana (de otro modo estaríamos todos ya suicidados), ya que a a larga vence siempre a la angustia, y si estos sentimientos tienen valor ontológico, debemos inclinarnos a pensar que más bien hay Algo que Nada.

7) ¿Y del de Kierkegaard?
Frente al hombre abstracto de los Iluministas, ya en Hegel se observan los primeros elementos de la reacción, pues para él el hombre no es aquella entelequia ajena a la tierra y a la sangre, a la sociedad misma y a la historia de sus vicisitudes: sino un ser histórico que va haciéndose a sí mismo, realizando lo universal a través de lo individual. Este sentido histórico del hombre, sin embargo, se hará una genuina reacción contra el racionalismo extremo en Marx, al convertir la criatura humana no sólo en un proceso histórico, sino en un fenómeno social. El hombre de la ratio es una abstracción, pero también es una abstracción el hombre solitario. Resulta superfluo llamar la atención sobre la semejanza de esta doctrina con el nuevo existencialismo, que, después de Husserl, logrará superar el subjetivismo extremo de Kierkegaard. Así nos encontramos que la doble vertiente que proviene de Hegel, la de Marx y la de Kierkegaard (cualesquiera sean los insultos que esta síntesis provoque en la escolástica stanilista) se está llegando a una integración en que cada uno de sus compañeros contribuye con algo, pero también debe renunciar a algo. En el caso de Marx, a su fetichismo de la ciencia. Porque conviene repetir aquí algo que a mí me parece cierto: no sólo hay la alienación producida en el hombre por las estructuras económicas vista y denunciada por Marx) sino otra que él no vio; la que ha convertido al hombre en un robot por obra de la técnica; obra que es independiente del régimen social como lo prueba el desarrollo de la misma mentalidad cientificista en Rusia que en los Estados Unidos.

8) Una pregunta que el público siempre espera: ¿podría contarnos algo sobre sus próximas publicaciones?
"El viento y la muerte", novela que aún me llevará unos dos años. "Dialéctica de la novela contemporánea", ensayo sobre la novela y la crisis total del hombre.

9) Y para terminar este breve interrogatorio, su opinión sobre dos escritores argentinos de plena actualidad en nuestro país: Cortázar y Marechal.
Cortázar es un magnífico cuentista y un brillante escritor. Prefiero sus cuentos a sus novelas, que creo son proclives al juego del ingenio. Marechal es un gran poeta y autor de una novela que fue para nosotros precursora de una renovación. Cuando estaba en el anonimato total, a causa de motivos políticos, Cortázar y yo luchamos por traerlo nuevamente a la notoriedad.



Foto: Ernesto Sabato ©sarafaciofotografias

Fuentes consultadas:
http://www.letras.mysite.com/sabato151202.htm
http://letras-uruguay.espaciolatino.com/aaa/sabato/nueve_preguntas.htm
http://sarafaciofotografias.blogspot.com/2017/04/el-gran-ernesto-sabato-siempre-en.html


"Argentina crece leyendo"


Selección y curaduría:
Analía Alvado

Proyecto asociado a «Garabatos»

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